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La primera colecistectomía laparoscópica fue realizada por Mouret en Francia en 1987. Desde entonces, el abordaje en el tratamiento quirúrgico de diferentes patologías (digestiva, urológica, ginecológica, torácica, etc.) ha cambiado notablemente, observándose un aumento paulatino de la cirugía laparoscópica. Actualmente, numerosas intervenciones pueden ser realizadas por vía laparoscópica, aunque sólo unos pocos procesos han conseguido que el abordaje inicial de elección sea el endoscópico: la colecistectomía y la patología del hiato esofágico. La colecistectomía laparoscópica cambió radicalmente el tratamiento de la litiasis biliar en el mundo durante la última década. Esta técnica quirúrgica comparte muchos procesos con la técnica estándar (laparotómica): ambas extirpan la vesícula con los cálculos, y en ambas es importante la identificación de la arteria y el conducto cístico. Pero el abordaje laparoscópico per se es el origen de algunas complicaciones motivadas por la introducción de los trócares en la cavidad y por la ausencia de la sensibilidad táctil, tan importante para el cirujano. En los primeros momentos, el abordaje laparoscópico estuvo acompañado de complicaciones graves que motivaron la contraindicación del mismo en diferentes situaciones: obesidad, embarazo, cirugía abdominal previa, cirrosis hepática, enfermedades hematológicas, etc. El tiempo ha demostrado que las complicaciones en estas situaciones pueden evitarse siempre que el cirujano sea consciente de sus capacidades y de sus limitaciones. Tradicionalmente la colecistectomía era una de las primeras intervenciones que realizaban los residentes de cirugía. Con el abordaje laparoscópico, dichos residentes realizan sus primeras intervenciones sobre la vesícula biliar por esta vía sin haber realizado una colecistectomía por vía abierta. Tras más de diez años de experiencia hemos querido analizar si las intervenciones realizadas por nuestros residentes (asistidos por cirujanos con experiencia laparoscópica) tienen un mayor índice de complicaciones o estas difieren de las presentadas en la cirugía realizada por miembros de la plantilla. Por ultimo, tras analizar las complicaciones de la serie, describimos una serie de recomendaciones para prevenir dichas complicaciones y conseguir una mayor seguridad en la colecistectomía laparoscópica.
Hemos analizado nuestra experiencia con la colecistectomía laparoscópica en 2.154 intervenciones realizadas entre 1991 y diciembre de 2001. Los resultados se han conseguido revisando los protocolos quirúrgicos y postoperatorios de estos enfermos, recogiendo las complicaciones intra y postoperatorias. La indicación quirúrgica fundamental fue la litiasis en
el 82,3% de los pacientes, seguida por la colecistitis aguda, presente
en el 16% (Tabla I). La edad media fue de 57.2 años y las intervenciones
fueron mucho más frecuentes en mujeres (4:1). Numerosos pacientes
presentaban patología asociada: diabetes, patología cardiaca
o pulmonar (Tabla I). Los primeros cien pacientes de la serie fueron seleccionados
realizando exclusivamente cirugía electiva por colelitiasis y/o
colecistitis crónica. Tras esta serie inicial las indicaciones
se ampliaron a la colecistitis aguda o la pancreatitis de origen biliar
tras restablecerse del episodio agudo. Durante el primer año del estudio sólo cuatro cirujanos realizaron la cirugía laparoscópica. Paulatinamente todos los cirujanos del hospital asistidos por uno de los cirujanos anteriormente citados fueron realizando abordajes laparoscópicos. Actualmente nuestros residentes efectúan intervenciones de primer ayudante durante su primer año de residencia y realizan la primera colecistectomía laparoscópica el segundo o tercer año. Técnica quirúrgica. Inicialmente todos los cirujanos empleaban para la insuflación
del CO2 la técnica abierta con el trocar de Hasson. Hoy en día
algunos emplean la técnica cerrada con aguja de Veress. Los trócares
empleados son los siguientes: uno subumbilical de 10 mm, dos puertas accesorias
de 5 mm subcostales en la línea axilar anterior derecha y en la
línea medio clavicular derecha, y un trócar de 10 mm en
la línea media en epigastrio. La disección del lecho vesicular se realiza sistemáticamente desde el infundíbulo hacia el fundus de la vesícula con electro bisturí. Antes de la separación completa de la vesicular de su lecho se realiza una irrigación con suero salino en abundancia del área quirúrgica, aspirando después el contenido. Después extraemos la vesícula a través de la incisión subumbilical. En ocasiones hemos empleado una bolsa extractora para introducir la vesícula perforada y evitar que los cálculos se derramen por toda la cavidad abdominal. Los datos recogidos en los protocolos de forma prospectiva incluyen: tipo de técnica de pneumoperitoneo, complicaciones intra-operatorias, paso quirúrgico en el que se produce la complicación, necesidad de conversión del abordaje y causa, necesidad de re-intervención y causa y diferentes complicaciones postoperatorias (precoces y tardías).
La mayoría de las complicaciones intra-operatorias tuvieron lugar
durante la disección del triángulo de Calot o de la vesícula:
Hemos observado pocas complicaciones originadas por la inserción
de los trócares: Las complicaciones más graves se objetivaron en el periodo postoperatorio:
El porcentaje de conversión del abordaje quirúrgico ha
sido del 5,46% (117 pacientes, Tabla II). En la mayoría de las
ocasiones la causa de la conversión fue la inflamación perivesicular
o la falta de referencias anatómicas claras que impedían
una disección segura. El abordaje laparoscópico no ha cambiado la colecistectomía, solo ha variado el acceso a la cavidad abdominal y el tamaño de la/las incisión/es quirúrgicas. Este cambio ha producido una variación en la incidencia de determinadas complicaciones. Los resultados de nuestro análisis deben interpretarse con reservas al tratarse de un estudio retrospectivo y los datos sujetos a variables no controladas. Una de ellas es el elevado número de cirujanos (incluidos residentes). Otra variable es la curva de aprendizaje que se puede aplicar a todo el estudio, dado que todos los años ha habido varios cirujanos aprendiendo la técnica. Es importante recalcar que ni las complicaciones ni el porcentaje de re-conversiones se han modificado significativamente a lo largo del estudio (1, 2), pese a ampliar las indicaciones paulatinamente. Esto significa que hemos aprendido a evitar las complicaciones pese a realizar intervenciones más dificultosas que las realizadas inicialmente. Nuestro porcentaje global de complicaciones fue del 7,1% (6,5% si excluimos
las complicaciones intra-operatorias solucionadas durante la cirugía),
el de re-conversión fue del 5,4%, el de re-intervenciones del 0,99
% y la mortalidad del 0,14%. Estas cifras son superiores a las de algunos
autores (3, 4, 5) pero similar a la de Peters y col. (1991) o Nenner y
col (1992). Creemos que la mayor incidencia de nuestra serie es debida
a: Sin lugar a dudas, nuestra serie refleja desde nuestro punto de vista
dos datos: En nuestra experiencia sólo hemos observado una lesión originada durante la realización del pneumoperitoneo. Fue en el paciente número 105 de la serie y se originó al perforar la aguja de Veress un asa de intestino delgado. En ningún paciente se produjo lesión de grandes vasos con ninguna de las técnicas de realización del pneumoperitoneo. No hemos encontrado diferencias significativas en la incidencia de complicaciones al comparar la inserción del pneumo con aguja de Veress o mediante el trócar de Hasson. La utilización de la aguja de Veress es, normalmente, más rápida en pacientes delgados pero más difícil en pacientes obesos y la insuflación del gas en el espacio preperitoneal (9) y la producción de enfisemas subcutáneos son relativamente frecuentes. Habitualmente realizamos la inserción visual directa (Hasson) en los pacientes con cirugía previa o en cirróticos aunque algunos cirujanos preferimos realizar dicha técnica en todos los casos. La hemorragia es el segundo problema con el que nos encontramos durante la cirugía. El sangrado puede estar originado al introducir los trócares (2 de nuestros casos) y la prevención de esta eventualidad se realiza con la introducción del trocar en lugares sin vasos en la transiluminación de la pared. La compresión local suele ser suficiente para detener la hemorragia, aunque en ocasiones debemos recurrir a la electrocoagulación o, en algún caso, a la realización de una sutura con bolsa de tabaco alrededor del trocar. Pero normalmente la causa de la hemorragia la encontramos en la arteria
cística. Lo más importante para evitarlo (Apéndice
I) es conocer la posible localización y evitar la disección
ciega de la zona. La arteria cística debe individualizarse con
una disección cuidadosa, habitualmente tras la sección del
conducto cístico. Debemos colocar dos clips en el extremo proximal
y uno en el distal antes de la sección de la misma. Si observamos
hemorragia debemos seguir varios pasos: Las lesiones del conducto biliar común son, en la actualidad,
la complicación más temida de la colecistectomía
laparoscópica. Estas lesiones no son exclusivas del abordaje laparoscópico,
pero sí se producen con una incidencia varias veces superior a
la dada en el abordaje abierto. Hemos tenido dos lesiones objetivadas
intraoperatoriamente; en ambos casos se trató de una sección
completa del colédoco, realizando una derivación bilio-digestiva.
En tres pacientes la lesión se objetivó en el periodo postoperatorio:
una fue originada por una escara del bisturí eléctrico,
otra por un clip que se situaba obstruyendo parcialmente la luz del colédoco
y, en el tercer caso, por un clip en el conducto hepático derecho.
Los dos últimos pacientes presentaron una hemorragia intraoperatoria
y la causa de la lesión debemos buscarla en la colocación
de clips metálicos sin una adecuada visualización de la
ubicación de los mismos. El porcentaje de lesiones de la vía
biliar oscila, según las series (3, 4, 9), entre el 0 y el 0,5%,
similar a nuestra incidencia. La forma de prevenir estas lesiones reside
en una adecuada tracción de la vesícula, la apertura del
triángulo de Calot y la identificación del conducto biliar
común. Además, debemos tener siempre en cuenta que el dicho
tradicional de la cirugía biliar: “No se debe ligar ni cortar
ninguna estructura hasta que se identifique el conducto cístico
y se aísle desde el infundíbulo vesicular hasta la inserción
en el hepático común”, es válido también
en la cirugía laparoscópica. La perforación de la vesícula y la pérdida de cálculos
en la cavidad abdominal ocurre con cierta frecuencia en la cirugía
laparoscópica. No hemos considerado esta situación como
una complicación, aunque dos pacientes fueron reintervenidos por
un absceso intra-abdominal con cálculos en su interior. Algunos
autores (11, 12) mencionan el desarrollo de abscesos, fístulas,
litoptisis y pleurolitiasis como complicaciones de la pérdida de
cálculos en la cavidad abdominal. En el caso de perforaciones vesiculares
debemos intentar extraer el mayor número de cálculos que
podamos e inmediatamente lavar con abundante cantidad de líquido
la cavidad, fundamentalmente el cuadrante superior derecho. También
recomendamos la utilización de bolsas de plástico para introducir
la vesícula y evitar mayor diseminación de los cálculos
durante la extracción de la misma. La escasa incidencia de complicaciones
(2/247) en los pacientes con contaminación biliar de la cavidad
no nos justifica la conversión de la cirugía para extraer
los cálculos perdidos. CONCLUSIONES La colecistectomía laparoscópica puede realizarse sin
riesgos importantes cuando está realizada o asistida por cirujanos
entrenados en este abordaje, incluso en un hospital docente. 1.Fresneda V, Fernández Cebrián JM, Capela I, Martínez E, Pérez de Oteyza J, Carda P, Morales V, Lobo E, López Hervás P. Análisis de los dos primeros años (1991-1993) de un protocolo de colecistectomía laparoscópica en 400 pacientes. Cir Esp 1994, 56: 202-207. 2. Galindo J, Lobo E, Peromingo R, Sanchez Picot S, Fresneda V. Enseñanza del tratamiento quirúrgico de la colelitiasis en la era laparoscópica. Cir Esp 2000; 67: 334-338. 3. Cuschieri A, Dubois F, Mouiel J, Mouret P, Becker H, Buess G, Trede M, Troidl H. The European experience with laparoscopic cholecystectomy. Am J Surg. 1991; 161: 385-387. 4. Larson GM, Vitale CG, Casey J, Evans JS, Gilliam G, Heuser L, McGee G, Rao M, Scherm MJ. Multipractice analysis of laparoscopic cholecystectomy in 1983 patients. Am J Surg. 1992; 163: 221-226. 5. Orlando R, Russell JC, Lynch J, Mattie A. Laparoscopic cholecystectomy. A statewide experience. Arch Surg. 1993; 128: 494-499. 6. Peters JH, Gibbons GD, Innes JT, Nichols KE, Front ME., Roby PA, Ellison
EC. Complications of laparoscopic cholecystectomy. Surgery 1991; 110:
769-778. 8. Nenner RP, Imperato PJ, Alcorn Cm. Complications of laparoscopic cholecystectomy in a geriatric population group. N Y State J Med 1992; 92: 518-520. 9. Jirecek S, Dräger M, Leitich H, Nagele F, Wenzl R. Direct visual or blind insertion of the primary trocar. A retrospective survey of 1546 cases. Surg Endosc 2002; 16: 626-629. 10. Dubois F, Icard P, Berthelot G, Levar H. Coelioscopic cholecystectomy. Ann Surg 1990; 211: 60-62. 11. Brockmann JG, Kocher T, Senninger NJ, Schürmann GM. Complications due to gallstones lost during laparoscopic cholecystectomy. An analysis of incidence, clinical course, and management. Surg Endosc 2002; 16: 1226-1232. 12. Targarona EM, Balague C, Cifuentes A. The spilt stone. A potential
danger after laparosocopic cholecystectomy. Surg Endosc 1995; 9: 768-773.
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